lunes, 25 de septiembre de 2017

RESEÑA (by MH) ::: UNA VISTA DEL PUERTO - Elizabeth Taylor




Título original: A view of the harbour
Autora: Elizabeth Taylor
Editorial: Gatopardo
Traducción: Carmen Francí
Páginas: 314
Fecha publicación original: 1947
Fecha esta edición: enero 2016
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 19,95 euros 
Diseño de cubierta: Rosa Lladó
En un pequeño pueblo de la costa inglesa, durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Robert, el marido de una escritora de novelas, se siente atraído por Tory, una divorciada con un hijo. Éste es el punto de partida del que se sirve Elizabeth Taylor para construir una novela coral sobre la vida de un pueblo costero y los sentimientos de sus gentes.
 
Taylor describe con destreza, y de manera implacable, las relaciones familiares y afectivas de las clases media y alta británicas. Fue amiga de la escritora Ivy Compton-Burnett y del novelista y crítico Robert Liddell. El escritor Kingsley Amis la consideraba una de las mejores escritoras del siglo XX.

La consecuencia natural, después de descubrir a Barbara Pym, era hacer lo propio con la autora que casi siempre es nombrada junto a ella, Elizabeth Taylor. Están consideradas como dos de las mejores escritoras inglesas de la segunda mitad del siglo XX, y yo, como es natural, algo así no me lo pierdo por nada del mundo.

La trama se desarrolla en la parte vieja de un pueblo pesquero recién finalizada la Segunda Guerra Mundial. Como vieja que es, ha quedado obsoleta, un tanto abandonada a su suerte y sin vida, porque todo lo bueno se ha trasladado a la parte nueva. Así, en este entorno decadente, con tufillo a rancio, ambienta Taylor una historia muy alejada de grandilocuencias y giros enrevesados. La vida de a pie, la de las personas normales, es la que es. Cada una tiene sus propias aristas, sus particulares detalles, esconde risas, disimula desamores, compone apariencias y arrincona secretos... pero son eso, vidas normales de personas normales con sus sentimientos de puertas para adentro. Y ya sabemos que eso, bien contado, puede llegar a ser muy seductor y fascinante. A mí estas novelas, repito, bien narradas, me atraen como la miel a las moscas.

Aunque el desarrollo de la novela debe quedar a merced de quienes se aventuren a leerla (¡que espero que seais muchos!), creo que debo presentaros a los actores que se pasean por las páginas, porque son la esencia de esta historia. Estamos ante una novela coral, en la que algunos personajes tienen más peso que otros, pero todos inciden en las vidas de los demás y son imprescindibles para el desarrollo de la trama. Taylor reduce la vida de este pueblo a una calle: entre el pub, la tienda de ropa de segunda mano, la exposición de figuras de cera, y las casas de Tory y Beth, se desarrolla el 95% de la historia, con ocasionales visitas a la estación, el cementerio y el malecón.

Así, conocemos a la señora Bracey y sus hijas, Maisie e Iris. Ellas son las propietarias de la tienda de ropa de segunda mano, aunque Iris trabaja fuera, en el pub. De la tienda se hace cargo Maisie, pues la matriarca de la familia está inválida de piernas para abajo y su vida se limita a una cama en la trastienda. La señora Bracey es amante de las bromas soeces, cotilla en grado sumo, controladora con sus hijas, criticona con todo el que se le ponga por delante y tiene muy mala idea. Su postramiento no ayuda mucho a suavizar su carácter, y trae tanto a sus hijas como a los vecinos que la visitan por la calle de la amargura. Y no puedo perdonarle, no lo haré jamás, que considere vulgar a Dickens... ¡nada menos que a Dickens! ¡Lo que hay que leer por no estar ciega! Desde ese momento le hice un tachón más grande que la catedral de Burgos xD.

Proseguimos. Lily Wilson está a cargo de la exposición de figuras de cera, y vive en un pisito justo arriba. Viuda tras la guerra, su único nexo de unión con ese pueblo era su marido. Ahora no sabe qué hacer con su vida, viéndose atada a un negocio que le pone los pelos de punta y un lugar que aborrece. En lo más profundo de su corazón, culpa a su marido por dejarla sola. Por su parte, Bertram Hemingway es un antiguo marino, soltero ya maduro, que ha decidido que quiere ser pintor, y a poder ser de éxito. Ha recalado en el pueblo para pintar paisajes, y menos eso, hace de todo. Es la versión inglesa del viejo del visillo: entrometido, preguntando siempre a todo el mundo por su vida, por lo que hacen y dejan de hacer, queriéndose enterar siempre de todo, criticando por dentro lo que le dicen, creyéndose imprescindible y oteando lo que pasa en cada uno de los edificios y casas que tiene a la vista.

Y llegamos a los dos hogares donde se cuece la trama principal. Tory está divorciada y vive sola. Durante la guerra su marido la abandonó mientras estaba en el ejército por una mujer de uniforme. Tiene un hijo que está en un internado y del que recibe cartas un tanto curiosas. Es la mujer distinguida del pueblo, la que destaca, y todos los hombres caen rendidos a sus pies; es de esas mujeres que levantan pasiones sin que ella haga nada por propiciarlo, porque además tiene otras cosas en la cabeza. Justo en la casa de al lado vive su amiga del alma desde la infancia. Beth lleva más de dos décadas casada con Robert. Tienen dos hijas, Prudence, de veinte años, especial aunque no tiene un pelo de tonta, y Stevie, de cinco. Beth es escritora, y eso es lo único que es y le importa. Está desconectada del mundo, no pisa jamás la calle, es madre porque es lo que tocaba, pero escribe, escribe, escribe... Robert, médico, vive atrapado en la rutina y monotonía de una existencia que le asfixia. Cumple con todas y cada una de las obligaciones de ella: es buen marido, es buen padre, es muy trabajador... pero está perdidamente enamorado de Tory.

Todos estos personajes conforman la vida de un pueblo en el que de puertas para afuera parece que no pasa nada y todo resulta la mar de anodino, pero que de puertas para adentro, de manera inevitable y como ocurre en toda casa de vecino, las pequeñas cosas levantan marejadas. La prosa de Taylor es detallada, muy descriptiva, pero nada pesada. En algunos capítulos se detiene en una sola de las casas o escenarios, y en otros están pasando varias cosas a la vez en varios sitios distintos y va simultaneando los acontecimientos, lo que hace que conozcamos los puntos de vista de unos y otros constantemente. Una novela costumbrista en la que parece que solo se nos narran las relaciones a nivel vecinal y familiar de un grupo de personas, pero que esconde una mordacidad que va directa a la yugular, y una agudeza que traspasa las páginas. Taylor no es nada condescendiente con sus personajes, los presenta como son, con sus fallos y sus defectos, y espera que tú los aceptes en su imperfecta humanidad. Y eso mismo haces.

Se dice de esta autora que es la Jane Austen del siglo XX, y me cuesta estar completamente de acuerdo. Quizás sí en el sentido de que ambas, Austen y Taylor, narraban la realidad social que les rodeaba de una manera aguda y realista, pero Taylor es mucho más cruda a la hora de plasmar las relaciones afectivas y familiares, y aunque es el primer libro que leo de la autora, me da que lo de los finales felices (o lo que entendemos por ellos) no va con ella. Quizás ahí radique precisamente lo que les une y, al tiempo, las diferencia: que realmente las dos son hijas de su tiempo, pero los tiempos de ambas escritoras son como la noche y el día en muchos aspectos sociales y literarios. Aun así, si me preguntasen a mí quién está más próxima a Austen, creo que diría que Barbara Pym, porque demuestra más cariño por sus personajes... es quizás más amable con ellos, les da más margen. Pero vamos, que esto es solo una apreciación mía que seguramente no viene mucho a cuento y que a saber si cambia con otras lecturas de esta autora... pero ya sabéis que si callo, reviento :)

No me voy más por las ramas. Leído mi primer libro de Elizabeth Taylor, solo puedo decir que es de esas autoras que si te gustan cuando la descubres, si conectas con su forma de contar las cosas y ver la vida, con ese cinismo realista e inflexible, con ese talento para plasmar la vida tal cual es sobre el papel, con ese humor solapado, implementado como quien no quiere la cosa por aquí y por allá... ya no la abandonas y te mueres por repetir. Es mi caso, que aunque creo que ha quedado claro a lo largo de la reseña, nunca está de más incidir sobre lo evidente. Volveré a ella más pronto que tarde. He disfrutado muchísimo de Una vista del puerto; me encanta descubrir pequeñas joyitas cuando menos lo espero... o, reformulando, me encanta que lo que yo espero que sea joyita lo sea realmente y esté a la altura de mis expectativas, que creo que se ajusta más al caso :)



Elizabeth Taylor (1912-1975). Nació en 1912 en Reading, Berkshire (Inglaterra). Tras finalizar sus estudios, trabajó como institutriz y bibliotecaria. A los veinticuatro años contrajo matrimonio con un hombre de negocios y se instaló en Penn, un pequeño pueblo de Buckinghamshire. Escribió doce novelas (La señorita DashwoodÁngelEn el veranoEl hotel de Mrs. Palfrey entre otras). Una vista del puerto fue publicada en 1947. Escribió, además, cuatro libros de cuentos.

La escritora Anne Tyler ha dicho de ella que es la Jane Austen contemporánea. Junto a Barbara Pym está considerada una de las escritoras inglesas más importantes de la segunda mitad del siglo XX.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

RESEÑA (by MB) ::: EL CÍRCULO DE AGUA CLARA - Gavin Maxwell



Título original: Ring of bright water
Autor: Gavin Maxwell
Editorial: Hoja de Lata
Traducción: Manuel de la Escalera
Páginas: 300
Fecha de publicación original: 1960
Fecha esta edición: junio 2015
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 22,90 euros
Ilustración de cubierta: The Ninth Wave (The Estate of Charles Tunnicliffe)
Ilustraciones interiores: Gavin Maxwell, Michael Ayrton, Peter Scott, Robin McEwen



  
En la primavera de 1949 Gavin Maxwell, joven universitario y naturalista en ciernes, se instala con su perro Jonnie en el lugar más remoto y deshabitado de Escocia, entre las Highlands Occidentales y las islas Hébridas. Allí, en una casita amueblada con cajas de pescado arrastradas por la marea, la vida transcurre al son de las estaciones y en compañía de los poquísimos vecinos del lugar. Las anguilas remontan cada año la cascada y millones de arenques plateados huyen de las voraces orcas; las cuevas de antiguos buhoneros son ahora madrigueras de foca, y a la compra hay que ir en bote de remos.

En medio de este paraíso salvaje aterriza Mijbil, un cachorro de nutria proveniente de Iraq que, con su arrebatadora personalidad, conquistará (y pondrá patas arriba) el corazón de su dueño.

Narrada con humor, ternura y un hondo e instintivo respeto por la naturaleza y por todos los animales que en ella habitan, El círculo de agua clara es un clásico indiscutible de su género. Una valiosa capsulita de oxígeno para los tiempos que corren.

Así pues, este libro trata sobre mi vida en una casita solitaria de la costa nordeste de Escocia, de los animales que la compartieron conmigo y de los que fueron mis únicos vecinos en este paisaje rocoso y marino.
Gavin Maxwell, autor de El círculo de agua clara, fue un naturalista escocés apasionado de su tierra, de la vida y sobre todo de las nutrias.

El círculo de agua clara es la primera entrega de su trilogía, en la que nos narra a modo de memorias y recuerdos un período de su vida, en concreto los ocho años que pasó en Camusfeàrna, nombrada con un seudónimo pues, según sus palabras:
Identificarla en letra impresa vendría a ser como sacrificar en cierto modo su lejanía y soledad y traicionarla; como si, al hacerlo, la pusiera más cerca de sus enemigos: la vida urbana y la industria.
Leer El círculo de agua clara en pleno verano y en mi tierra manchega, donde las temperaturas rondan los cuarenta, mañana, tarde y casi noche, supuso un torrente de frescor, aire y naturaleza que nuestra mente interpreta como espejismos u obnubilaciones imposibles pues, en su novela, Mister Maxwell nos describe con ese lenguaje tan sencillo y cercano todas esas tierras milenarias y lejanas de las Higlands escocesas y, sobre todo, nos sumerge en su hábitat, esa sociedad compuesta por mar, roca y los seres primigenios que la habitan desde los primeros tiempos.

Camusfeàrna, el centro de su ecosistema, es ese útero protector, el núcleo vital que envuelve y protege unas veces más que otras a toda esa naturaleza salvaje y pura que tanto deleita a nuestro autor.

Tal y como él mismo comenta en sus memorias, primero buscó la soledad y retiro en esas maravillosas tierras, pero luego, como todos sabemos, el hombre es un animal social. Esta sociedad, o mejor dicho familia, primeramente la formó con su fiel perro Jonnie, que le acompañó en los primeros tiempos; después de Jonnie, mister Maxwell necesitaba otra mascota, otro miembro para su familia, pero de una especie diferente: ese lugar lo ocupó Mijbil, una nutria rara venida de lejos, Iraq, y de la que quedaban pocos ejemplares.

El año que pasaron juntos Mijbil y Gavin Maxwell, lo recuerda nuestro autor como uno de los mejores, rico en experiencias y sensaciones. Por circunstancias que no voy a revelar el tiempo de Mijbil pasa, pero deja un vacío en Camusfeàrna que solo puede ser llenado por otra nutria, Edal.

Básicamente, las memorias y recuerdos que Gavin Maxwell relata en El círculo de agua clara son todas las vivencias junto a sus mascotas... o más concretamente, como él mismo declara, su familia, la cual se relaciona con ese ecosistema primigenio y único donde, de alguna manera, intentarán exprimir cada gota de vida y energía que les aporta esa naturaleza viva y desatada.

Todo ello, salvo algunos momentos realmente dramáticos, está narrado con ese sentido del humor tan british, donde las connotaciones inteligentes de Maxwell hacen que en cada página de su obra se respire toda la salinidad que esas tierras pueden aportar, transmitiéndonos un torrente de emociones carentes de artificio y superficialidad.

Reconozco que lo primero que me animó a leer este libro fue si de alguna manera estaría inspirado por uno de mis autores preferidos, el gran Thoreau. En este sentido considero que Maxwell no tiene nada que ver con el espíritu naturista del gran Thoreau... hay cosillas que no van con mi pensamiento o mis valores. No estoy muy de acuerdo con Maxwell (tal vez por desconocimiento o los tiempos que le tocaron vivir) en el tratamiento de las especies en extinción, en querer una mascota sí o sí e intentar adaptarla a un ecosistema tan diferente y distinto al suyo. Además luego está todo el antropomorfismo, la personificación que hace de sus mascotas. Entiendo que la soledad es muy mala, pero al final una nutria es una nutria, y siempre estará mejor en su hábitat con su especie que fuera de ella. Este punto lo entendía Thoreau de una manera diferente: él amaba sus bosques tal como eran, los quería porque el hombre apenas los había tocado y lloraba por los que sí había transformado... esto solo es una consideración más.

La edición rústica con solapas de Hoja de Lata me encanta. Es preciosa, como todos sus libros; rubricados con un sello tan personal que siempre que caen en nuestras manos los identificamos y distinguimos de las demás editoriales.




Gavin Maxwell (Elrig, 1914 - Inverness, 1969) fue un autor, naturalista y aventurero escocés célebre por sus apasionados libros sobre las nutrias y sobre la vida salvaje en Escocia.

Tras estudiar administración de fincas en Oxford, servir en las fuerzas especiales durante la segunda guerra mundial y fracasar en su intento de levantar una pesquería de tiburones en el norte de Escocia, Maxwell aceptó instalarse en Sandaig, un paraje remoto de las islas Hébridas que en sus libros bautizó con el nombre de Camusfeàrna. Allí escribió la famosísima Trilogía del Círculo de Agua Clara, en la que narra su nueva vida en una rústica cabaña de madera junto al mar. De la primera entrega, El círculo de agua clara (1960), llegó a vender más de un millón de ejemplares. A ella le seguirían The Rocks Remain (1963) y The Raven Seek Thy Brother (1969).

RESEÑA (by MH) ::: CARTAS DE AMOR DE ENRIQUE VIII A ANA BOLENA - Enrique VIII



Título original: Love letters of Henry Eighth to Anne Boleyn
Autor: Enrique VIII 
Recopiladas originalmente por: John W. Luce & Company
Editorial: Confluencias
Traducción: José Jesús Fornieles Alférez
Introducción: José Jesús Fornieles Alférez
Epílogo: José Miguel Parra
Páginas: 93
Fecha de publicación original: 1906
Fecha esta edición: marzo 2016
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 12 euros

Mujeriego empedernido y cruel, Enrique VIII (1491-1547), segundo representante de la Casa Tudor, se obsesionó con la bella y elegante Ana Bolena (1501-1536), marquesa de Pembroke y dama de la aristocracia inglesa. Tanto suspiraba el monarca por Ana, que anuló su matrimonio con su primera esposa, Catalina de Aragón (1485-1536), hija de los Reyes Católicos, un repudio que rechazó la Iglesia Católica y que desembocó en el cisma anglicano.
 
Conservadas en el Vaticano, inéditas en castellano, este conjunto de cartas revelan los sentimientos de un Rey enamorado, obligado a «honraros, amaros y serviros» y que, finalmente, mandó a decapitar a quien durante varios años había sido su querida esposa.

Sip, habéis leído bien el título. MH y sus rarezas una vez más xD.

Pues eso, lo que es, es, el título da poco margen a la imaginación, y os lo traigo por aquí aun sabiendo que no será de interés para (casi, supongo) nadie.... pero no puedo dejar de enseñároslo, aunque anticipe que lo vais a dejar pasar en grupo. Sé que su interés (salvo para quien le guste la historia de Inglaterra en general, o la de la dinastía Tudor en particular, o ya, afinando mucho, la de este señor que fue Enrique VIII) es, digámoslo así, nulo. Pero yo reúno todas y cada una de esas premisas, así que cuando me enteré de que estas cartas se habían traducido al castellano, sé que será difícil de creer, pero se me puso cara de felicidad tonta. El caso es que esta vez, de verdad y sin que sirva de precedente, creo que no me voy a extender demasiado (aunque la intro no dé muchas esperanzas al respecto xD).

Pido perdón por adelantado, eso sí, a historiadores y/o expertos en la materia porque yo no soy ninguna de las dos cosas, por lo burdo del lenguaje y por lo muy superficial de los datos, pero es para que no se haga pesado. Va a ir todo como muy por encima :)

La primera vez que yo tuve constancia de que esta correspondencía se conservaba cinco siglos después de haber sido escrita fue en una visita a la British Library de Londres. Allí hay una sala de las maravillas donde se exponen cartas, manuscritos, borradores... de escritores, personalidades eminentes británicas, etc... que abarcan varios siglos de historia. Bueno, pues allí vi expuesta una carta de Enrique VIII a Ana Bolena. Y no sé el tiempo que pasé delante de ella, maravillada por el descubrimiento, por tener eso tan inesperado delante de mí (es que lo mío con los Tudor viene de lejos, qué le voy a hacer). Al volver a casa, supe que el resto de cartas estaban en los Archivos Vaticanos, y ahí quedó la cosa... hasta hace unos meses, que descubrí esta edición en castellano.

No tengo intención de aburriros con la historia de ¿amor? de Enrique y Ana (un globo, dos globos, tres globos), pero por situar en contexto al trote, Enrique VIII llevaba años casado con Catalina de Aragón; mujeriego impenitente, cambiaba de amante como de servilleta, y un día se cruzó en su camino Ana Bolena, quien le dijo que nanai de la china, que ella no iba a ser su amante como las otras (amante carnal, para que nos entendamos), ella quería más, quería boda... y claro, Enrique, a quien ninguna cortesana le decía que no, ante tamaña osadía, cayó rendido a sus pies (iba a utilizar una palabra más vulgar y moderna, pero me la ahorro. Echadle imaginación). Cuando los rumores del enamoramiento del rey inundaron la corte, Ana tuvo que marcharse a la casa familiar de Hever durante cosa de un año y medio con la amenaza de no volver jamás (esto ocurrió entre los años 1527 y 1529). A ese periodo corresponden estas cartas, únicos meses que estuvieron separados los dos tortolitos (la separación definitiva llegó cuando el enamorado Enrique ordenó decapitar a su querida Ana, pero claro, esa es otra historia).

Y eso son, cartas de amor en las que Enrique primero está cabreado porque no le queda nada claro a qué juega la Bolena, luego le suplica a su amada que le haga caso, que le dé muestras de su amor, que vuelva a él, que le conceda "su cuerpo y su corazón", que sea su amante de pleno derecho... y mientras Ana, lista como ella sola, se hace la tonta tirando la piedra y escondiendo la mano, y manteniéndose firme en su negativa a ser su amante si no se casa con ella primero.
Dándole vueltas al contenido de vuestras últimas cartas, me encuentro en una gran agonía, no sé cómo interpretarlas. No sé si me perjudican, como se muestra en algunos pasajes, o me benefician, como se manifiesta en otros lugares, suplicándoos con ansiedad que me dejéis conocer vuestro pensamiento al completo sobre el amor que existe entre nosotros.
Pero además de cómo todo un rey de Inglaterra suplica el amor de una muchacha que sabe muy bien cómo manejarlo, también resulta muy interesante todo lo demás que Enrique dice cuando deja a un lado las palabras de enamorado. En estas cartas entrevemos el comienzo de lo que hizo que esta relación pasara a la historia del modo en que lo ha hecho.

Sin querer (me repito) ponerme cansina con datos históricos, hay que señalar que Enrique VIII estaba decidido a casarse con Ana Bolena: necesitaba un hijo varón que Catalina no podía darle, Ana Bolena no iba a compartir cama con él si no estaban casados... y, en fin, necesitaba quitar a Catalina de Aragón del cuadro (la pobre aún tuvo suerte visto lo visto con esposas futuras). El caso es que el rey, encaprichado y obsesionado, alteró el destino político, religioso y social de Inglaterra con la única finalidad de casarse con esta cortesana (de perteneciente a la corte, no el otro significado), y de paso empezó a practicar lo de decapitar a todo el que no le besase el culete, Tomás Moro a la cabeza (chiste malo y negro, sorry). Como desde Roma le negaron la anulación y le amenazaron con la excomunión, Enrique rompió con Roma y con la Iglesia Católica, fundó la Iglesia de Inglaterra, se nombró cabeza de esa Iglesia, y cuando todo estuvo a su conveniencia, se casó con Ana Bolena (en secreto, que el señor tenía prisa, ya se sabe... meses después sería legal).

Bueno, pues del comienzo de todo eso ya se empiezan a ver indicios en estas cartas. Enrique no conseguía que Ana volviera a la corte, sabía que tenía que hacer algo, y en estas misivas de amor ya le va hablando de cómo un enviado papal se dirige hacia Roma para pedir la anulación de su matrimonio con Catalina, y de cómo hará todo lo que tenga que hacer para casarse con ella (y lo hizo, vaya que si lo hizo). También se habla de la epidemia de "sudor inglés" que asoló Inglatera en 1528, que afectó tanto a ricos como a pobres (incluida la corte del rey), y de la que Ana se contagió en su retiro, aunque consiguió recuperarse... O cómo Ana ya tomaba decisiones que afectaban al reinado de Enrique e influía poderosamente en las opiniones del rey en asuntos de Estado. Es decir, que sí, son cartas de amor, pero también se alude a ciertos acontecimientos políticos y sociales que estaban ocurriendo en aquella época.

En esta edición se traducen las 17 cartas que se conservan de Enrique a Ana en ese periodo de tiempo, además de una misiva de Ana al cardenal Wolsey (la correspondencia de Ana a Enrique no se ha conservado). Aparte, un prólogo y un epílogo breves y concisos pero efectivos y al grano, nos sitúan en el periodo y las circunstancias que rodearon la escritura de estas cartas y las consecuencias que tuvo esta relación a nivel político, social y religioso en Inglaterra (les paso por alto que llamen Carolina a Catalina).

Sé que hay que tener unos intereses un poco peculiares para que a alguien le llamen la atención estas cosas, y yo reconocozco que los tengo. Estas cartas me parecen unos documentos únicos de una época histórica que me apasiona, y de una relación que provocó un cisma en una Inglaterra que cambió para siempre hacia lo que es hoy en día a muchos niveles... sinceramente, me parece una maravilla que se hayan conservado. Para qué engañarnos, Enrique como escritor no era Shakespeare, y como escritor romántico ya ni os cuento, pero el valor histórico de estas cartas es enorme y único.

Si no temiera aburriros os hablaría mucho más de este rey en general y de este matrimonio en particular, pero no tiento a la suerte. Por desgracia, a Ana le sirvieron de poco tanta inteligencia y maquinación: Enrique buscaba lo que buscaba, ella tampoco le dio un hijo varón y acabó perdiendo la cabeza literalmente por ello (no me creo nada de todo lo que se inventaron para ajusticiarla). Los amores de este señor eran efímeros, caprichosos y crueles, y la caja de los truenos de su despotismo se abrió cuando puso Inglaterra patas arriba con tal de sacar adelante esta relación. Después de eso, ya nadie podía pararlo.


En fin, que si por casualidad a alguien le interesa mucho este tema y le descubro la existencia de esta edición, aunque solo sea una persona, objetivo conseguido. Yo estoy requetefeliz con mis cartas :)


Enrique VIII, hijo de Enrique VII, el primer Tudor, nació en Greenwich, cerca de Londres, en el palacio de Placentia, el 28 de junio de 1491. Desde el 22 de abril de 1509 fue rey de Inglaterra y señor de Irlanda, hasta su muerte acaecida en el palacio de Whitehall (Londres) el 28 de enero de 1547.
 
Ha pasado a la historia como el rey que rompió con la Iglesia de Roma, para fundar la iglesia anglicana, como aquel que durante su reinado Inglaterra se unió con Gales y, sobre todo, como Enrique VIII el de las seis mujeres.

lunes, 18 de septiembre de 2017

RESEÑA (by MH) ::: KATHLEEN - Christopher Morley




Título original: Kathleen
Autor: Christopher Morley
Editorial: Periférica
Traducción: Ángeles de los Santos
Páginas: 118
Fecha de publicación original: 1920
Fecha esta edición: septiembre 2016
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 14 euros
Ilustración de cubierta: @Suzanne Meunier/Le Sourire/The Advertising Archives

Aunque esta novela fue escrita en la época del cine mudo, y tiene toda la gracia de las comedias de enredo de esa época, son fundamentales en ella los soberbios diálogos de los personajes, entre el sofisticado toque británico y el desparpajo yanqui.
Un grupo de bromistas, y a la vez románticos, estudiantes de la Universidad de Oxford (entre ellos un norteamericano) forman un club literario muy peculiar: se hacen llamar los Escorpiones. Su próximo reto será escribir una novela sobre personajes reales, dos nombres descubiertos en una carta encontrada por azar en una librería: Kathleen será la heroína de la historia y Joe será el héroe. Pero esto es sólo la primera parte del reto, pues enseguida comenzará la Gran Aventura Kathleen: conocer a la joven protagonista de su novela por los medios que haga falta. La búsqueda de la muchacha por parte del club literario de los Escorpiones está llena de momentos memorables y divertidísimos. Disfraces, mensajes falsos y, sobre todo, un encanto atemporal. Risas y sonrisas.
 
Tal y como sucedía al leer La librería ambulante, los lectores llegan al final de esta novela un poco más felices que como la comenzaron.

Me he propuesto ya en serio, de verdad de la buena, ir sacando pendientes, porque hay libros que los compro la misma semana que salen y luego se tiran años muertos del asco en la estantería. Kathleen es uno de esos libros. Salió hace ahora justo un año, así que sí, he tardado mucho, pero teniendo en cuenta que algunas de mis adquisiciones van camino de la pubertad esperando su momento, podría ser peor. Y una vez más, me arrepiento de no haberlo leído antes, porque además esta novela es de las que sabía al cien por cien que la iba a disfrutar aun sin haber leído una sola página.

Ah, antes de entrar en materia, os hago una confesión: estoy preocupada. Mucho. He vuelto a reírme con un libro. ¿Qué me está pasando? ¿El fin del mundo se acerca? ¿Me estoy volviendo una risueña lectora, en contra de mi voluntad? Espero que sea algo pasajero y vuelva por mis fueros, aquellos de "yo jamás me río cuando leo". Tengo una reputación que mantener.

Oxford, 1912. Un grupo de estudiantes ha formado un club literario, y se han propuesto escribir una historia entre todos (uno escribe un capítulo, el siguiente escribe otro a partir de ahí, etc...). Kenneth Forbes es el encargado de escribir ese primer capítulo, y como todos los estudiantes que se precien hemos hecho siempre, a pesar de tener todas las vacaciones de Navidad para hacerlo, la tarde de antes no ha escrito una sola palabra y toca idear algo de correprisas en el último momento. Y la inspiración le llega a Forbes gracias a una carta que encuentra perdida en una librería. Esa carta, escrita por una tal Kathleen, está remitida a Joe, estudiante en el propio Oxford, y además se nombran a otros miembros de la familia como Charlie, Fred, la madre y el padre de Kathleen...

¿Qué hace Kenneth? Usar a estas personas reales para elaborar la historia por entregas del club literario. A los siete restantes miembros les parece estupendo, y durante semanas inventan todo un mundo alrededor de estos personajes, pero Kathleen, la pizpireta Kathleen, prevalece en sus pensamientos hasta el punto de decidir que tienen que conocerla, verla en persona, regalarle la historia que han escrito inspirada por ella e invitarla al baile conmemorativo de las regatas de la Universidad. Cinco de los ocho miembros del club se apuntan al reto. El primero que lo consiga, gana. Se admiten todas las triquiñuelas y estratagemas necesarias mientras no sonrojen demasiado a la dama... y básicamente, que gane el mejor.

Así que os podéis imaginar lo que viene a partir de aquí. Todo vale con tal de ser los primeros en hablar con ella, y una vez llegan a Wolverhampton, localidad donde vive Kathleen, lo primero que hacen es acechar la casa. Cuando ya han visto a Kathleen de lejos y han caído perdidamente enamorados de sus perfectos tobillos y su rostro nacarado, cada uno de ellos empieza a desplegar sus estrategias (cada cual más ingeniosa, rebuscada y divertida) con el fin de ser los primeros en entrar en esa casa y conocerla.

Esta novela, que rebosa humor británico por los cuatro costados, fue escrita por un norteamericano, Christopher Morley (aunque pasó varios años en Oxford y eso se nota de cabo a rabo). Quizás por ello le da el protagonismo principal al único americano de entre todos los valerosos estudiantes que se lanzan a la conquista de Kathleen (de apellido Kent, por cierto). A través del diario de Johnny Blair, becario de Rhodes, asistimos a la caza de esta pobre muchacha, cuyo hogar familiar va a comenzar a ser testigo de los hechos y sucesos más surrealistas que hayan vivido nunca. De vez en cuando se pasa al narrador omnisciente para hacernos también partícipes de algunas de las andanzas del resto de estudiante o del caos que está empezando a invadir el hogar de los Kent, pero es el señor Blair el que se lleva más minutos de gloria.

Como es natural, el punto culminante de la historia se da cuando todos, de una manera u otra, cada uno con una identidad suplantada, empiezan a coincidir en la casa, y os aseguro que me estoy riendo mientras escribo esto y me acuerdo de algunas cosas. No puedo contar mucho más porque entonces os desvelo las maquinaciones que se traen entre manos, y de esas os tendréis que enterar cuando os pongáis con la novela.

No os voy a engañar, es una historia sencilla y amable, sin pretensiones, pero divertidísima, descongestionante y de esas que te dejan muy buen rollo. La prosa es inteligente y elegante, la narración llena de vitalidad, y el ambiente estudiantil de Oxford, muy auténtico. El estilo es muy británico, me repito, no parece escrita por un norteamericano. Morley dedica el libro A la verdadera Kathleen, con mis disculpas, y teniendo en cuenta que él también fue un becario americano en Oxford pocos años antes de escribirla, me da que esta historia tiene más de verídica de lo que pueda parecer en un principio. Pensar que esto, o algo muy parecido, seguramente ocurrió en realidad hace que sea, si cabe, más divertido. Visualizas la escena en esa casa y te ríes, no puedes evitarlo. No cuesta nada imaginar esta historia como una película cómica de enredo o una obra de teatro, y de hecho tengo que mirar si existe alguna adaptación, porque se presta totalmente a ello.

Vamos, que si os gustan las buenas comedias de enredos (a poder ser con regusto británico), si queréis sonreír mientras leéis (y además queréis que esa misma sonrisa permanezca en la boca cuando cerráis el libro), si necesitáis una lectura ligera que os dé un respiro entre novelas con más empaque (y que esa ligereza no tenga nada de tontorrona y sea inteligente), y, en resumidas cuentas, queréis pasar un buen rato leyendo una historia que os dure poquito en las manos y que sea muy divertida y entretenida... pues ya estáis tardando en haceros con Kathleen. Lo agradeceréis.


Christopher Morley (1890-1957) nació en Haverford, Pensilvania, y estudió en Haverford College, donde su padre trabajaba como profesor de matemáticas. Posteriormente, se matricularía en la universidad inglesa de Oxford para estudiar historia moderna durante tres años (época que contaría en su novela autobiográfica de 1931 John Mistletoe, y, en parte, en Kathleen). En 1913, de vuelta en Estados Unidos, se instaló en Nueva York y comenzó a trabajar en la editorial Doubleday. Pocos años después se convertiría, recorriendo Estados Unidos como columnista y reportero, en uno de los periodistas más prestigiosos de su época. 
 
Su primera novela, La librería ambulante (Periférica, 2012), fue publicada en 1917; en 1919 apareció su continuación, La librería encantada (Periférica, 2013). En 1939 se hizo mundialmente conocido por su novela Kitty Foyle, trasladada al cine con Ginger Rogers como protagonista. Inteligente, lúcido y sofisticado, fue un escritor de éxito y al mismo tiempo un escritor de culto. Se ha dicho de él, comparándolo con Noel Coward, que su refinamiento era indudablemente británico. Sutil humorista, dijo de sí mismo que amaba tanto a Shakespeare como al Conan Doyle de las aventuras de Sherlock Holmes. Sin embargo, sus dos grandes maestros fueron compatriotas suyos: Walt Whitman y Mark Twain. El eco de su obra se encuentra en escritores de distintos países y generaciones: de Kingsley Amis a Tom Wolfe.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

RESEÑA (by MH) ::: LAS NOVELAS TONTAS DE CIERTAS DAMAS NOVELISTAS - George Eliot




Título original: Silly Novels by Lady Novelists
Autora: George Eliot 
Editorial: Impedimenta
Traducción: Gabriela Bustelo
Prólogo: Gabriela Bustelo
Páginas: 60
Fecha de publicación original: 1856
Fecha esta edición: junio 2012
Encuadernación: rústica con sobrecubierta
Precio: 12,50 euros 
Ilustración de cubierta: Georgian Fashion Plates (1806-1820)
Sin cortapisas, sin reservas impuestas por los convencionalismos sociales y culturales de su tiempo, con un sarcasmo feroz y la agudeza intelectual que le es propia, George Eliot pasa implacable factura en Las novelas tontas de ciertas damas novelistas a los desaciertos de la narrativa más ramplona de algunas afamadas escritoras de su época. En el que fuera su ensayo más célebre, cuyo tema sigue despertando polémica en nuestros días, la genial autora inglesa plantea sus tesis con un toque de ironía a partir de ejemplos representativos de los argumentos predecibles, los personajes falseados, los estilos remedados y los diálogos inverosímiles que ciertas damas novelistas pusieron al servicio de sus pretensiones moralizantes, prosaicas o, directamente, jactanciosas.
Punzante, entretenidísima y profundamente lúcida, George Eliot parodia las tópicas novelas que dominaban los listados de ventas de su tiempo, con sus encantadoras y hermosas heroínas, y sus previsibles y azucarados finales.

Tenía este ensayo en la estantería hace siglos, pendiente no porque no quisiera leerlo (todo lo contrario, me moría por hacerlo), pero tenía miedo. Miedo a que me defraudase y no encontrase todo lo que yo esperaba encontrar. ¿Por qué? Porque a una amiga le ofendió mucho este artículo, se indignó mucho con él, decir que puso a la pobre Eliot a caer de un burro es poco... y George Eliot es nada menos que una de sus escritoras favoritas, pero ella no entendía que Eliot tirase tantas piedras sobre otras novelistas contemporáneas.

Y qué queréis que os diga, me arrepiento de no haberlo leído antes, porque me he llegado a reír a carcajadas en algunos párrafos. Y ya lo he dicho alguna vez, yo no soy de reírme cuando leo un libro. Mary Anne Evans era una mujer de mucho, muchísimo carácter, e hizo durante toda su vida lo que creyó conveniente pasándose por el arco del triunfo todas las convenciones sociales victorianas. Si esta personalidad arrolladora la combinamos con un talento (genio) maravilloso para la escritura, da como resultado algo como este ensayo, tan ácido que no hay pastilla efervescente que lo suavice.

Pero vamos a poner todo esto en su contexto. Este ensayo fue realmente publicado como artículo en la revista Westminster Review en 1856, donde escribía reseñas de libros. Mary Anne Evans aun tardaría tres años más en publicar su primera novela, Adam Bede, y cuando lo hizo, usó el que sería su nombre como escritora a partir de entonces, George Eliot, un seudónimo masculino. ¿Por qué? Porque quería que la tomaran en serio, y porque quería desvincularse de la literatura femenina que predominaba en la época, que consistía básicamente en novelas tontas de escasa calidad que salían de la pluma de mujeres de la alta sociedad con mucho tiempo libre y escaso talento. Y este artículo (y vuelvo al comienzo del párrafo), que como digo es anterior a su época como novelista, ya dejó bien clarito lo que opinaba sobre ese tipo de literatura y supone la avanzadilla de la decisión que adoptó años después de no usar su verdadero nombre (bueno, que viviese en pecado con un hombre casado también tuvo algo que ver).

Si por mí fuera, os citaría páginas enteras, pero como no puedo (ni debo), os cito el primer párrafo, que ya es toda una declaración de intenciones:
El género de las Novelas Tontas Escritas por Mujeres tiene muchas subespecies que, según la calidad concreta de la tontería que predomine en ellas, pueden ser superficiales, prosaicas, beatas o pedantes. Pero la amalgama de todas estas subespecies variopintas produce un género —basado en la fatuidad femenina— donde pueden incluirse la mayoría de estas novelas, que podríamos llamar del estilo de «artimaña y confección».
Y a partir de ahí empieza a desglosar uno por uno durante al menos cuatro páginas todos los clichés habidos y por haber de este tipo de novelas. Y no solo eso, sino que en páginas posteriores tira de ejemplos, y no se corta ni un pelo en citar párrafos e incluso páginas de títulos muy concretos. Además divide las novelas tontas en muchas subcategorías de las que no hay que perder de vista el retintín de los nombres: género oracular, género de la toquilla blanca, género antiguo remozado...

Huelga decir que la pusieron a caldo en su época. No solo criticaba a las de su género y parecía ponerse por encima de ellas sin haber siquiera escrito un solo libro, sino que además señalaba con el dedo a autoras y novelas que en aquellos momentos causaban auténtico furor. Por si alguien se lo pregunta, ninguna de estas autoras y ninguno de estos libros son recordados ahora. Compensación, Laura Gay, Rango y belleza, El enigma: un fragmento de las crónicas de la Casa Wolchorley, La vieja iglesia gris... mala literatura que tras el boom de su época desapareció para no dejar rastro.

¿Qué es lo más irónico de todo esto? Que algunos de los clichés que tanto critica luego formaron parte de su obra, incluida la que está considerada por algunos como la mejor novela de todos los tiempos en lengua inglesa, Middlemarch. Pero claro, los derroteros de la prosa de esta señora poco tienen que ver con los estrafalarios párrafos que ella critica en el ensayo. Aun así, la reprobación sobre esta tesis fue la que fue... ¿qué derecho tenía ella a señalar con el dedo a nadie?

Y es que quizás lo que define este artículo no sea lo que dice, sino cómo lo dice. Eliot tira de inteligente sentido del humor, pero también se muestra mordaz, satírica, ácida e incluso cruel. Desborda vehemencia y apasionamiento en todas y cada una de sus palabras y, aunque todo está barnizado de ironía feroz, transmite la honda preocupación que sentía por el papel de la mujer en la literatura. No quería que estas malas novelas definiesen el papel de la mujer en la cultura, que los hombres al leerlas creyesen que la educación de la mujer estaba malgastada. Le horrorizaba que por culpa de esas novelas tontas de damas novelistas que también consideraba sin duda bastante estúpidas y vanidosas, no se tomase en serio a otras mujeres escritoras que sí tenían talento; no quería que se metiese a todas en el mismo saco. Hay que recordar que estamos a mediados del siglo XIX, que las mujeres comenzaban por fin a tener peso en la literatura, ya firmaban con sus auténticos nombres y se dedicaban a ello profesionalmente, pero muchas de esas escritoras solo cogían la pluma como forma frívola de pasar el tiempo, arrastrando a las buenas autoras con ellas.

Decía Eliot que una mujer no debía atreverse a publicar sin estar preparada para las consecuencias, que debía respetar el carácter sagrado del arte literario, y que el intelecto medio de las mujeres estaba mal representado por ese grueso de la literatura femenina que escribía malas novelas. Yo creo que no queda lugar a dudas sobre lo enfadada que estaba Eliot cuando escribió este artículo. Llegaron a acusarla de ir en contra de las mujeres, de no defender a su propio género, pero yo creo que precisamente sus argumentaciones deben tomarse en el sentido totalmente opuesto: defendía que la inteligencia y el talento literario de la mujeres estaba muy por encima de esas malas escritoras y sus respectivas obras. Que esas novelas tontas no debían definir lo que las mujeres podían aportar a la literatura. Creía que esas novelas tontas denigraban a las buenas escritoras, y que el hecho de que estas malas novelas recibiesen alabanzas hacía un flaco favor a la buena literatura que no recibía tantas atenciones por parte de la prensa (¿esto no os suena como muy actual en general dentro de la literatura hoy en día?). Eliot más o menos viene a decir que no por ser mujeres el libro que han escrito tiene que ser bueno; que no por ser la autora una mujer hay que defender un libro si su calidad es cuestionable. Y defiende que está en todo su derecho de decirlo, aunque ella también sea mujer.

Ya digo por ahí arriba que se pasaba los convencionalismos sociales por el pitiminí xD.

Que conste que las iras de Eliot solo van dirigidas hacia la mala literatura femenina de la época (lo que contradice la acusación de que cargaba contra las mujeres porque sí), porque no le duelen prendas en alabar a otras contemporáneas suyas que sí que desbordaban talento (Elizabeth Gaskell, Charlotte Brontë, Harriet Martineau), pero este artículo deja muchas preguntas en el aire: unas sobre la potestad que podría tener o no Eliot para criticar abiertamente a nadie de esta manera (llevase o no llevase razón al decir que son novelas malas y tontas a pesar de su éxito), y otras sobre la vigencia que todavía tienen muchas de las cosas que ella dice. Porque es un ensayo rabiosamente actual en algunos de sus conceptos.

¿Hay temas femeninos y temas masculinos en la literatura? ¿Cuál es el fin último de la literatura, el entretenimiento o el arte? Estas son algunas de las preguntas que lanza la prologuista y traductora de la edición de Impedimenta, Gabriela Bustelo. Yo añadiría otras dos. ¿Nos meten la prensa y la crítica especializada muchas obras de escasa calidad por los ojos arrinconando novelas muy superiores? ¿Nos dicen ellos lo que tenemos que leer? Porque tanto estas cuestiones como las arriba mencionadas de Bustelo también se abordan en este ensayo. Como veis, son preguntas que a día de hoy siguen surgiendo en debates, redes sociales, artículos de opinión...

Tal y como he ido comentando a lo largo de la reseña (que un poco más y me queda esto más largo que el ensayo xD), a pesar de que Eliot tira a dar en todas y cada una de las sus páginas, y que se nota lo molesta que estaba con el tema, lo hace con mucho sentido del humor, afilado ingenio, y mucha ironía y sarcasmo. Te saca la sonrisa muchas veces (ya digo que a mí han sido más que eso), y al mismo tiempo te hace reflexionar sobre el papel que comenzaba a tener la mujer en la literatura a mediados del siglo XIX y cómo muchos de los hilos de debate que abre siguen vigentes hoy en día. Quizás a Eliot podrían reprochársele más las formas que el fondo... pero es que entonces perdería toda su esencia. ¿Se muestra prepotente en el ensayo y menosprecia a otras autoras contemporáneas? Yo creo que eso ya tiene que valorarlo cada lector, porque está visto que este ensayo despierta opiniones muy controvertidas... hace 160 años, y ahora.




George Eliot, seudónimo de Mary Anne Evans, nació en Chilvers Coton (Warwickshire), el 22 de noviembre de 1819. Su padre era agente inmobiliario. Estudió en la escuela local de Nuneaton y después en un internado de Coventry, una formación que rara vez se dispensaba a las mujeres en aquella época. A los diecisiete años, tras la muerte de su madre y el matrimonio de su hermana mayor, regresó a casa para cuidar a su padre. A partir de entonces fue autodidacta.

Su primer trabajo literario, en el que trabajó desde 1844 a 1846, fue la traducción de Vida de Jesús, del teólogo alemán David Strauss. En 1851 viajó durante dos años por Europa, y a su regreso escribió reseñas de libros para la revista Westminster Review. Más tarde fue nombrada subdirectora de la revista, cargo que le puso en contacto con las principales figuras literarias de la época, como Harriet Martineau, John Stuart Mill, Herbert Spencer o George Lewes.

Conocer a Lewes, filósofo, científico y crítico, fue uno de los acontecimientos más importantes de su vida. Se enamoraron y decidieron vivir juntos a pesar de que Lewes estaba casado y no podía divorciarse. Sin embargo, Eliot consideró su larga y feliz relación con Lewes como un matrimonio. 

En 1856, alentada por Lewes, empezó a escribir novelas. A su primer relato, Amos Barton, publicado en Blackwood’s Magazine en enero de 1857, siguieron otros dos en el mismo año, que aparecieron después reunidos en un libro bajo el título de Escenas de la vida parroquial (1858). Lo firmó con el seudónimo de George Eliot y mantuvo en secreto su identidad durante muchos años. Entre sus obras más famosas se encuentran Adam Bede (1859), El molino del Floss (1860) y Silas Marner (1861). Sus viajes por Italia inspiraron su siguiente novela, Romola (1863). Poco después escribió sus dos obras maestras: Felix Holt, el Radical (1866), sobre la política británica, y, sobre todo, Middlemarch (1872), que ha sido considerada por parte de la crítica como la mejor novela jamás escrita en lengua inglesa. Seguiría Daniel Deronda (1876), una obra en la que ataca el antisemitismo y simpatiza con el nacionalismo judío. Eliot está considerada la más importante escritora de la era victoriana, y fue admirada por contemporáneos como Emily Dickinson y escritores posteriores como Virginia Woolf.

Después de la muerte de Lewes, acaecida en 1878, Eliot se retiró y dejó de escribir. En mayo de 1880 se casó con John Cross, un banquero estadounidense que había sido amigo suyo y de Lewes durante mucho tiempo, y que sería su primer biógrafo. Sin embargo, George Eliot murió apenas siete meses después, el 22 de diciembre de 1880, en Londres.